algaré, alagaré, alagaré a mi Señor
Ojiplático me hallo. Patidifuso y blanco como una sábana recién lavada con Ariel de ese que lava más limpio y sin tomatina que se la resista, señora. Y ya no me cabreo porque he perdido la capacidad de hacerlo con según qué cosas.
Esta mañana, como casi todos los días, he bajado al bar a tomarme un cafecito y hojear la presa. Lo vi cuando estaba empezando con el torrefacto y a mitad del periódico. No voy a decir el nombre de la cabecera. Sólo que, en una página de la izquierda y a la entrada de la misma, me tropecé con este titular: Fulanito recibe los alagos (sic) de menganito. Sustituyan a Fulanito y a Menganito por futbolistas guiris.
Parpadeé, me froté los ojos y volví a leerlo. A ver si es que ponía alabanzas y había leído mal. Pues no: ahí estaban: ahí seguían esos alagos. Así, sin hache. Ni anestesia. El tema no tendría mayor importancia si fuera un caso aislado. Pero todos sabemos que no lo es: cada día nos tropezamos en los medios de comunicación con varios errores ortográficos, léxicos y gramaticales.
Lo que me preocupa no es que algunos periodistas sean analfabetos funcionales. Al fin y al cabo, que cada palo aguante su vela. Lo que me revuelve las entrañas es que parezca que a todos nos dé igual.
Alguno de mis lectores dirá que a qué viene todo esto, que no hay para tanto, que si nos ponemos puristas no se salva ni Lázaro Carreter y que si no me gusta la prensa me pase a las novelas de Pérez-Reverte y deje de sodomizar la marrana de una ramera vez. Pues bien: no pienso dejar de leer el periódico porque es un complemento ideal para las noticias radiofónicas; considero la información es un derecho irrenunciable; Lázaro Carreter escribe estupendamente; ya me he leído casi todo de Pérez-Reverte; no me gusta la morcilla; y mis tendencias sexuales no tienen nada que ver con la zoofilia.
Y sí, es muy grave: es gravísimo que se maltrate a un idioma en el que vivieron, amaron, odiaron, rieron, lloraron, pensaron y sintieron nuestros ancestros. Me siento insultado cuando, con el da igual o el así ya se entiende le dan de coces a una lengua que configura nuestro pensamiento y, por lo tanto, lo que somos.
Claro que, a lo mejor es de reaccionarios, de carcas, respetar unas normas lingüísticas. En un mundo donde la tecnología avanza más rápido que los valores humanos, la estética que la ética y la belleza que la inteligencia, hay que adaptarse o morir. Darse prisa y sacrificar lo inútil. Y, si para ello hay que pasar por encima de un legado cultural de más de treinta siglos, se pasa. Total, nuestros antepasados ya no van a protestar. Al fin y al cabo, Cervantes está muerto. Y Quevedo. Y Góngora. Y Lope. Y Cernuda. Y el Arcipreste de Hita. Y Manrique. Y San Juan de la Cruz. Y la puta madre que parió a todos los que, juntando palabras, crearon ideas. Y juntando ideas, crearon arte. Un arte que modela almas. Almas a las que escupen cada día periodistas ceporros, políticos imbéciles y subnormales profundos varios. Y gilipollas que se lo consentimos.
Esta mañana, como casi todos los días, he bajado al bar a tomarme un cafecito y hojear la presa. Lo vi cuando estaba empezando con el torrefacto y a mitad del periódico. No voy a decir el nombre de la cabecera. Sólo que, en una página de la izquierda y a la entrada de la misma, me tropecé con este titular: Fulanito recibe los alagos (sic) de menganito. Sustituyan a Fulanito y a Menganito por futbolistas guiris.
Parpadeé, me froté los ojos y volví a leerlo. A ver si es que ponía alabanzas y había leído mal. Pues no: ahí estaban: ahí seguían esos alagos. Así, sin hache. Ni anestesia. El tema no tendría mayor importancia si fuera un caso aislado. Pero todos sabemos que no lo es: cada día nos tropezamos en los medios de comunicación con varios errores ortográficos, léxicos y gramaticales.
Lo que me preocupa no es que algunos periodistas sean analfabetos funcionales. Al fin y al cabo, que cada palo aguante su vela. Lo que me revuelve las entrañas es que parezca que a todos nos dé igual.
Alguno de mis lectores dirá que a qué viene todo esto, que no hay para tanto, que si nos ponemos puristas no se salva ni Lázaro Carreter y que si no me gusta la prensa me pase a las novelas de Pérez-Reverte y deje de sodomizar la marrana de una ramera vez. Pues bien: no pienso dejar de leer el periódico porque es un complemento ideal para las noticias radiofónicas; considero la información es un derecho irrenunciable; Lázaro Carreter escribe estupendamente; ya me he leído casi todo de Pérez-Reverte; no me gusta la morcilla; y mis tendencias sexuales no tienen nada que ver con la zoofilia.
Y sí, es muy grave: es gravísimo que se maltrate a un idioma en el que vivieron, amaron, odiaron, rieron, lloraron, pensaron y sintieron nuestros ancestros. Me siento insultado cuando, con el da igual o el así ya se entiende le dan de coces a una lengua que configura nuestro pensamiento y, por lo tanto, lo que somos.
Claro que, a lo mejor es de reaccionarios, de carcas, respetar unas normas lingüísticas. En un mundo donde la tecnología avanza más rápido que los valores humanos, la estética que la ética y la belleza que la inteligencia, hay que adaptarse o morir. Darse prisa y sacrificar lo inútil. Y, si para ello hay que pasar por encima de un legado cultural de más de treinta siglos, se pasa. Total, nuestros antepasados ya no van a protestar. Al fin y al cabo, Cervantes está muerto. Y Quevedo. Y Góngora. Y Lope. Y Cernuda. Y el Arcipreste de Hita. Y Manrique. Y San Juan de la Cruz. Y la puta madre que parió a todos los que, juntando palabras, crearon ideas. Y juntando ideas, crearon arte. Un arte que modela almas. Almas a las que escupen cada día periodistas ceporros, políticos imbéciles y subnormales profundos varios. Y gilipollas que se lo consentimos.