Etérea
Con esto de que he dejado la bitácora abandonada durante un año, he perdido a muchos de los que la habían enlazado desde la suya. Es normal. Los amigos, por mucho que lo sean, acaban por cansarse de esperar noticias tuyas, si te niegas durante mucho tiempo a darlas. Ahora que vuelvo, y sirva este artículo como torpe e insuficiente descargo, quiero hablar de uno de los escritos breves del Kaisser (sí, con dos eses). Antes de seguir leyendo el mío, no puedo por menos que pedir al amable internauta que haya llegado aquí, buscándome o por casualidad, que lo lea en este enlace...
Conociendo al bueno de César, es muy probable que lo que cuenta sea verdad. Y, lo sea o no, refleja la manera de ser del canarión. El tío es uno de esos heavies romanticones de los ochenta, reciclados a oyentes de toda buena música y a admiradores de todo lo que en este mundo encuentran de bello. Así, te puede hablar con delección de la armonía de las voces de un coro, de la sonrisa de una dama o de los acordes de una canción de Iron Maiden. Es un tipo capaz de lo que pocos, pasado el cuarto de siglo, se atreven a hacer: enamorarse de la vida y gritarle en silencio un piropo.
Por eso, el primer artículo sobre la gentes que me rodean de la nueva era del blog va dedicadio a él. Porque es uno de esos tipos en los que te miras y ves un ejemplo. No se trata de cantar las virtudes del muchacho, que, por muchas que tenga, él sabe cuáles son y no creo que vaya a perder el casamiento porque yo deje de airearlas. Se trata de reflejarme y de reflejar al mundo en un escrito que me ha hecho pensar. Se trata de reflexionar sobre el motivo por el que nos llama la atención que una persona pueda sentir que el cosmos se le pone cabeza abajo y, a la vez, dejar que así sea y sentirse feliz sólo porque alguien le ha sonreído o hablado.
Es curioso: nada dice el muchacho que haya hecho por conocer a la joven hippy. Ni falta. Estoy con él: algunos encuentros no son sino alegrías, pequeños -o grandes- regalos que te hace la vida para que los disfrutes sin estropearlos con una cháchara vacía o intercambiando los teléfonos. No tengo ni idea de las posibilidades de que se produzca un nuevo encuentro, pero me gustaría que, por el bien del Kaisser, éstas fueran escasas o nulas. No es que le desee mal a mi amigo. Al contrario. Por dura experiencia sé que estos encuentros, si se repiten, acaban por humanizar a la otra persona y, que quieren que le diga, un ser etéreo, una vez humanizado, suele decepcionarnos.
¡Ojo! Dios me libre de faltarle en lo más mínimo a la tan graciosa dama. Sólo digo que la mayoría de las personas que nos ponen el coarazón patas arriba nada más verlas están mucho mejor en el recuerdo. Que el roce acaba por dar calor pero también hiere. Que un ángel no debe perder las alas ni el halo. Que lo ideal es recordar una sonrisa y una voz sin que se borre jamás la una ni se vuelva áspera la otra.
Para acabar, un verso de Juan Ramón Jiménez: "No la toque más, así es la rosa".
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Lord Brithuss -