Las barbas propias
La verdad es que el tipo no me cae demasiado bien. No es que me caiga mal o que me haya ofendido. Es, simplemente, que sólo lo cuento entre mi nómina de conocidos. Sin más. No es amigo ni enemigo. No creo que vayamos a llevarnos nunca mal, pero dudo de que llegue a llamarlo amigo, o colega siquiera. El motivo es que tiene razón en casi todo lo que dice, y no me gusta charlar más de cincuenta minutos al mes con gente así. Cierto que Vïctor es un muchacho que aporta mucho a quien hable con él, pero le hace a uno sentir una especie de complejo de inferioridad, como si su persona careciera de todo interés, intelecto o cultura. Insisto en que no es culpa suya. Ha leído, ha pensado, y se ha preocupado por descubrir el mundo que lo rodea. Not guilty, que dicen en los juicios los gringos.
¿Que por qué lo traigo, entonces a colación? Pues mira, por eso mismo, porque suele tener razón y demostarlo con argumentos de tal contundencia que dejan a un lucero del alba a la altura de un martillo de plata. El otro día, leí, por casualidad, un artículo suyo y, chico, me quedé de patedefuá untao en pan de molde integral.
Uno, a sus treinta y un taquitos, no se siente especialmente mayor, aunque se salga un tanto de las abrumadoras estadísticas con las que Vïctor apoya una serie de afirmaciones que suscribe al cien por cien. Y es una de esas frases lo que se me quedó latiendo en el cerebro al acabar de leer la pieza: "Hemos convertido la educación en la nota del expediente y a la información en la tasa de audiencia". Alucina. Tiene el hombre más razón que un santo de los que tienen razón. La ha soltado afilada y certera, el Robin Jud éste.
En un mundo donde lo que cuenta es el colorín, donde no somos capaces de asimilar más que lo que nos entra, de forma agradable, por los ojos. En una sociedad en la que se lee poco -salvo sea el Marca- y se piensa menos -salvo sea quien se estruja el neuronamen para no dar golpe-. En un país en el que todo vale para ganar mucho dinero y no dar palo al agua, en el que Don Miguel no tuvo otra que resumirlo en un desesperanzado que inventen ellos. En un país de Caínes y pasotas, no puede haber muchos que se interesen por la política. De hecho no puede haber muchos que se interesen por otra cosa que si se van a dar una alegría para el cuerpo esta noche.
Vale que tampoco es culpa del todo de los que sólo leen la programación de la tele en el periódico. La política se ha vuelto aburrida. Ya todos sabemos qué van a decir los unos de lo que hacen los otros, y los otros de los que dicen los unos; cierto cada medio de comunicación apoya, sin condiciones, a una u otra facción. Pero, chico, que nos están adocenando, nos están empachando de pan y circo como a los felicísimos habitantes del mundo feliz de Huxley. ¿Que vamos a putear al electorado subiéndoles los más básicos de los bienes? Pues lo hacemos durante el mudial y nadie protesta. ¿Que hemos robado nosecuántoscientos millones de euros del Vellón? No pasa nada, para eso está ETA o los malos malosos de los moros. ¿Que nos ha dado por sodomizar ranas en peligro de extinción? Bueno, mira, lo hacemos de forma políticamente correcta y aquí paz después gloria.
Ante esta apatía, lo único que se me ocurre es citar un poema de Brecth: "Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no lo era. En seguida se llevaron a los obreros, pero a mí no me importó porque no lo soy. Luego apresaron a unas curas, pero como no soy religioso, tampoco me importó. Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde, ahora me llevan a mí." O echar mano del refranero español: "Cuando las barbas de tu vercino veas pelar, pon las tuyas a remojar".
Y los barberos están cerca. Muy cerca...
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