El hombre que no participó en ninguna guerra
Ayer me compré el último libro de Pérez-Reverte, No me cogeréis vivo. Como siempre, genial. Recopila artículos publicados entre 2001 y 2005. Pero no voy a escribir una crítica literaria, que eso es cosa del Kaisser. Lo que voy es a mencionar un artículo del año 2001 o 2002. En él, le habla a una joven, Elenita, sobre su abuelo, sobre las guerras a las que éste sobrevivó, sobre lo que amó, odió, sobre la miseria y gloria que vivió el anciano. Le cuenta muchos cómos y porqués de la vejez. Y el cabrón del cartaginés mi hizo llorar.
Me hizo llorar, reflexionar, y me abrió una ganas tremendas de hacer un pequeño homenaje a alguno de mis abuelos. Concretamente, este pobre panegírico va para el que ejerció de padre hasta que mis padres pudieron desempeñar tal labor. Se trata de Antonio. Uno de los hombres más grandes a los que he tenido la suerte de conocer.
Pues bien, Antonio nació en tiempos de la Primera Guerra Mundial, aunque no estoy muy seguro de que lo supiera antes de cumplir cierta edad, habida cuenta de que en aquella época las noticias llegaban muy lentamente a las aldeas gallegas. Nació con una malformación en la columna que le impedía caminar correctamente, lo que le evitó tener que matar al vecino en otras guerras. Eso sí, la deformación no le impdió trabajar como una bestia para sacar adelante a una familia en la que eran siete hermanos.
Acabo de decir que la espalda le evitó guerras. Pero no todas: como todos, pero más que ninguno, tuvo que luchar a brazo partido para arrancarle al cacique local un terruño que luego regó, literalmente, con sudor. De hecho, mi abuela, una belleza de la época -doy fe, he visto alguna fotografía suya de cuando tenía treinta años-, se casó con un hombre apenas era capaz de andar porque, y espero que Celsa, allá en el cielo, sea testigo de que estas palabras son literales: "o teu avó era un home moi traballador". Creo que no necesito traducirlas.
En estas estamos cuando los abuelos pierden un hijo. Una de esas enfermedades que se llevaban a los recién nacidos y que hoy carecen en absoluto de importancia. A pesar de que la casa, construida piedra a piedra por mis abuelos y una familia amiga y luego dividida en dos, se volvió oscura, casi negra como el infierno, se atreven a tener otra criatura: mi madre. Ignoro por qué no nacieron más niños. Supongo que mi abuela era ya un poco mayor. De la infancia y juventud de mi madre hablaré en mejor ocasión. Sólo cabe decir que entre los dos hicieron a mi madre lo que es y yo soy un cincuenta por ciento mi madre.
En estas llego yo: el primer nieto. O neno. Mi abuelo, endurecido por la vida, seco de sudor y lágrimas lloraba cada vez que recordaba el día de mi nacimiento. Era yo un niño cuando Antonio superó un cáncer. No lo recuerdo, pero lo imagino resistiendo los dolores y llorando cuando pensaba en el dieciocho de diciembre del setenta y cinco. Joder, si es que era de otra pasta.
Él fue quien me enseñó a rezar, los primeros números y las primeras letras, a pesar de ser muy suyo con la Iglesia y casi analfabeto -nunca pasó de sumar y restar-. Él fue también quién me transmitió el amor por el trabajo, sea cual sea. Me río mucho con eso de traumatizar a los crios y lo delicados que son cuando pienso en nosotros dos, bajo la solana del agosto orensano, volcando el heno y trajinándonos una cerveza a medias para desatascar la garganta, el con sesenta y pico y yo con cinco o seis años.
Me fui de casa muy pronto. Apenas con diez años me mudé a un seminario, de modo que apenas lo veía. Pero era como esos amores en la distancia. Sin son auténticos, perduran y aun crecen.
Me duele todavía cuando, estando ya en Salamanca, mis padres me comunicaron que el abuelo tenía cáncer de lengua. Pero no fue el cáncer lo que se llevó a mi abuelo. Fue la pena. Después de pelear contra el mal durante varios años, tuvo que hacer frente a la enfermedad de mi abuela, otro cáncer, éste de pácreas, que se la llevó en medio año. Mi abuelo podría haber vivido seis o siete años más, ya que su enfermedad avanzaba con lentitud, pero la pena de perder a Celsa lo sumió en tal tristeza que, apenas un año más tarde, nos abandonaba. De esto hace ya unos años y ahora, mientras escribo esto, se me difuminan las teclas del ordenador por las lágrimas.
Tuve la inmensa suerte de decirle adiós apenas unas horas antes de que falleciera, pero la enorme desgracia de no decirle las suficientes veces cuánto lo quería. Sirva este artículo de tardío e insuficiente descargo. Un bico, avó.