"Neno, acabo reventada contigo"
Acabo de bajarme del autobús y de reflexionar. Para que digan que los hombres no sabemos hacer dos cosas a la vez. Y hasta estoy echándome un cigarro mientras escribo. Lo que me ha hecho pensar durante el trayecto en el urbano es una escena que he contemplado entre un pequeñajo de unos siete años y un señor al que he supuesto su abuelo.
El niño trataba de convencer al anciano de que hicieran algo juntos. No sé qué. El caso es que el señor le tomaba el pelo, convencido, estoy seguro, de antemano por los argumentos infantiles, deshilachados y yuxtapuestos.
Lo que ha provocado que callase por fuera y hablase por dentro fue el hecho de verme reflejado a mí mismo hace más de veinte años. Cuando habría matado a quien fuera con tal de que me dejaran acompañar a mis abuelos a las parcelitas en las que se habían pasado la vida deslomándose para arrancar lo suficiente para comer.
El caso es que, nada más doblar la esquina de la casa y tras asegurarme de que nadie salvo mi abuela podía oírme, balbuceaba en el gallego inseguro de un mico de cuatro años: "Abuela, ya sé que te cansas al llevarme en brazos, pero, si me llevas, seguro que llegamos antes". Siempre el mismo argumento. Siempre las mismas palabras. Y siempre la misma respuesta: "Neno, acabo reventada contigo", dicho lo cual, suspiraba, me sonreía desde lo más profundo de unos ojos que tengo el orgullo de haber heredado y me subía, a pesar de los intensos dolores que el reúma le provocaba, a pesar del ahogo de la bronquitis crónica y cargaba conmigo los trescientos metros que nos separaban de nuestro destino. La única recompena que esperaba y que yo le ofrecía gustoso era mi risa.
No voy a hablar del necesario respeto a nuestros mayores, de que son más sabios y, tal vez por ello, están más solos. Eso lo dejo para cuando quiera ponerme serio. Hoy sólo quería sumergirme en ese recuerdo que han provocado un enano y su abuelo. Bueno, y demostrar algo: para quienes piensan que los hombres somos incapaces de hacer varias cosas a la vez: ahora mismo estoy escribiendo, releyendo, fumando y echando una lagrimilla.
El niño trataba de convencer al anciano de que hicieran algo juntos. No sé qué. El caso es que el señor le tomaba el pelo, convencido, estoy seguro, de antemano por los argumentos infantiles, deshilachados y yuxtapuestos.
Lo que ha provocado que callase por fuera y hablase por dentro fue el hecho de verme reflejado a mí mismo hace más de veinte años. Cuando habría matado a quien fuera con tal de que me dejaran acompañar a mis abuelos a las parcelitas en las que se habían pasado la vida deslomándose para arrancar lo suficiente para comer.
El caso es que, nada más doblar la esquina de la casa y tras asegurarme de que nadie salvo mi abuela podía oírme, balbuceaba en el gallego inseguro de un mico de cuatro años: "Abuela, ya sé que te cansas al llevarme en brazos, pero, si me llevas, seguro que llegamos antes". Siempre el mismo argumento. Siempre las mismas palabras. Y siempre la misma respuesta: "Neno, acabo reventada contigo", dicho lo cual, suspiraba, me sonreía desde lo más profundo de unos ojos que tengo el orgullo de haber heredado y me subía, a pesar de los intensos dolores que el reúma le provocaba, a pesar del ahogo de la bronquitis crónica y cargaba conmigo los trescientos metros que nos separaban de nuestro destino. La única recompena que esperaba y que yo le ofrecía gustoso era mi risa.
No voy a hablar del necesario respeto a nuestros mayores, de que son más sabios y, tal vez por ello, están más solos. Eso lo dejo para cuando quiera ponerme serio. Hoy sólo quería sumergirme en ese recuerdo que han provocado un enano y su abuelo. Bueno, y demostrar algo: para quienes piensan que los hombres somos incapaces de hacer varias cosas a la vez: ahora mismo estoy escribiendo, releyendo, fumando y echando una lagrimilla.
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