Fuma subsahariano, sucio caucásico
Acabo de leer que han vuelto a herir a ocho inmigrantes en la frontera con Marruecos. La verdad es que me duele pensar que trataban de cruzar a un país donde ellos creían que se ataba a los perros con longaniza. Tal vez escapaban de un régimen tiránico, quizá huían del hambre o puede que simplemente buscaran una vida digna. No lo sé. Ni voy a hablar de la inmigración, ya que ése es un problema que se me escapa. ¿Que por qué escribo entonces sobre ocho personas heridas en La Valla? Paciencia, que todo nos será revelado a su debido tiempo, como dijo hace dos mil años un judío genial.
El caso es que luego lo he comentado con un coleguilla. Le he dicho que era una lástima que los pobres moros vinieran engañados a un país que los iba a tratar a palos. Y de palos casi me da mi amigo en cuanto pronuncié la palabra moros. Que si eres un racista, que si ya te vale, que si son magrebíes, subsaharianos, norteafricanos o cualquier cosa menos moros o negros, cochino blanco. Bueno, no eran esas las palabras exactas, pero sí el espíritu de la filípica que me soltó.
Me dio pereza defenderme. No me apetecía volver a pelear en una guerra en la que apenas dispongo de más armas que la razón. Pero ahora sí que me voy a defender en el blog, donde no me acaloro más allá de lo imprescindible y puedo ordenar las ideas con más calma.
Por orden, pues: cuando hablo de un moro no creo estar insultando a nadie.
Para empezar, deberíamos acudir a la etimología del nombre. Y es que resulta que los romanos se referían a los habitantes del África que ellos conocían como mauri. Negros. Es, pues, un adjetivo sustantivado, un gentilicio como podría ser el de celta, galo, bretón o kazajo. Una prueba más de que moro es un gentilicio contagiado por extensión a cualquier africano es el nombre de un país, Mauritania, tan antiguo como el latín.
Lo de llamar negros a los que lo son también tiene su explicación: que yo sepa, para un tipo negro, yo no soy europeo -si no sabe que lo soy-, ni caucásico, ni rostro pálido. Soy blanco. Me describe hablando del color ligeramente tostado de mi piel, que para él es tan blanco como lo es para mí la leche. Por lo mismo, yo no tengo forma de saber si ese señor, de piel como el café, sea éste solo, con leche, cortado o más o menos cargado, es magrebí -casi sinónimo de norteafricano-, subsahariano (lo correcto sería decir sudsahariano, del sur del Sáhara, diga lo que diga la RAE), europeo, americano o sueco.
¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué nos empeñamos en definir una raza o el origen de una persona con gentilicios equívocos? En mi humilde opinión es que somos todos una panda de pollafláccidas, de tontos del culo que prefieren cogérsela con papel de fumar. No entiendo por qué moro, negro o amarillo han tomado un matiz despectivo. Tal vez menospreciamos todo aquello que sea distinto y no nos atrevemos a reconocerlo. Preferimos usar eufemismos a llamar a las cosas por su nombre. De ese modo parecemos más tolerantes, más progreguays. Más tontos del culo políticamente correctos, vendidos por una imagen, por unos céntimos o por cuatro votos. Y ya hablaré en mejor ocasión del mal trato que recibe el idioma español por estas causas. Lo haré cuando se me haya bajado un poco el nivel de mala leche en sangre. Es que, lo reconozco, me saca de quicio ver cómo se maltrata un legado cultural que se remonda más allá de treinta siglos.
Entre tanto, podemos seguir arrancando las ropas a un idioma al que han ayudado a vestir moros, fenicios, negros, cartagineses, judíos, celtas, indios, franceses, amarillos, ingleses, árabes y yo qué sé cuantas otras razas, gentes y naciones....
El caso es que luego lo he comentado con un coleguilla. Le he dicho que era una lástima que los pobres moros vinieran engañados a un país que los iba a tratar a palos. Y de palos casi me da mi amigo en cuanto pronuncié la palabra moros. Que si eres un racista, que si ya te vale, que si son magrebíes, subsaharianos, norteafricanos o cualquier cosa menos moros o negros, cochino blanco. Bueno, no eran esas las palabras exactas, pero sí el espíritu de la filípica que me soltó.
Me dio pereza defenderme. No me apetecía volver a pelear en una guerra en la que apenas dispongo de más armas que la razón. Pero ahora sí que me voy a defender en el blog, donde no me acaloro más allá de lo imprescindible y puedo ordenar las ideas con más calma.
Por orden, pues: cuando hablo de un moro no creo estar insultando a nadie.
Para empezar, deberíamos acudir a la etimología del nombre. Y es que resulta que los romanos se referían a los habitantes del África que ellos conocían como mauri. Negros. Es, pues, un adjetivo sustantivado, un gentilicio como podría ser el de celta, galo, bretón o kazajo. Una prueba más de que moro es un gentilicio contagiado por extensión a cualquier africano es el nombre de un país, Mauritania, tan antiguo como el latín.
Lo de llamar negros a los que lo son también tiene su explicación: que yo sepa, para un tipo negro, yo no soy europeo -si no sabe que lo soy-, ni caucásico, ni rostro pálido. Soy blanco. Me describe hablando del color ligeramente tostado de mi piel, que para él es tan blanco como lo es para mí la leche. Por lo mismo, yo no tengo forma de saber si ese señor, de piel como el café, sea éste solo, con leche, cortado o más o menos cargado, es magrebí -casi sinónimo de norteafricano-, subsahariano (lo correcto sería decir sudsahariano, del sur del Sáhara, diga lo que diga la RAE), europeo, americano o sueco.
¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué nos empeñamos en definir una raza o el origen de una persona con gentilicios equívocos? En mi humilde opinión es que somos todos una panda de pollafláccidas, de tontos del culo que prefieren cogérsela con papel de fumar. No entiendo por qué moro, negro o amarillo han tomado un matiz despectivo. Tal vez menospreciamos todo aquello que sea distinto y no nos atrevemos a reconocerlo. Preferimos usar eufemismos a llamar a las cosas por su nombre. De ese modo parecemos más tolerantes, más progreguays. Más tontos del culo políticamente correctos, vendidos por una imagen, por unos céntimos o por cuatro votos. Y ya hablaré en mejor ocasión del mal trato que recibe el idioma español por estas causas. Lo haré cuando se me haya bajado un poco el nivel de mala leche en sangre. Es que, lo reconozco, me saca de quicio ver cómo se maltrata un legado cultural que se remonda más allá de treinta siglos.
Entre tanto, podemos seguir arrancando las ropas a un idioma al que han ayudado a vestir moros, fenicios, negros, cartagineses, judíos, celtas, indios, franceses, amarillos, ingleses, árabes y yo qué sé cuantas otras razas, gentes y naciones....
1 comentario
Lord Brithuss -
Y yo iría un poco más allá con el tema de la doble interpretación de las palabras del castellano, tan hermoso y lleno de riqueza (ardo en deseos de leerte acerca de ese tema). ¿Por qué los amiguitos de Bush pueden decir que Dios bendiga América, se quedan tan anchos y además son buenos americanos patriotas y un españolito normal, comunista de nacimiento, que esté orgulloso de haber nacido en dominios ibéricos no puede decir Viva España, llenándose la boca, por miedo de ser tachado de facha? Hay amigo, esto de la Historia mal entendida nos deja uina herencia bastante jodida de sobrellevar. A seguir en esta línea que mola bastante