Valores
Estoy emocionado. De verdad. Casi con la lagrimilla en el ojo. Y es que no estoy acostumbrado a los piropos. Y, hoy, la rapmántica, supongo que cegada por esa amistad, incondicional como todas las amistades que ella da, me ha soltado el piropo más bonito que jamás me hayan echado. Y sin previo aviso, que tiene más mérito. Ha dicho algo así como que soy un tío con valores. Vale. A lo mejor no es lo más poético que se le puede decir a un hombre soltero, sin compromiso y en edad de merecer. Pero me ha emocionado de verdad. No soy tan hijoputa ni tan cabrón. Por algo se empieza.
Claro que eso de los valores no sirve para ligar, ni da dinero, pero te hace sentirte bien cuando repasas el día, antes de quedarte frito y soñar con los angelitos, o las angelitas, que hasta en sueños soy paritario. Vale que no están de moda, que no te hacen tan guapo como esas cremas faciales que anuncian cuando ya es navidad en el Corte Galés, ven y compra, borrego, que si no no te vas a comer un rosco en el cotillón de Nochevieja. Pero ayudan a hacer de un cabronazo como mi menda algo parecido a un buen tipo, de esos a los que les coges cariño y todo.
Está bien: lo mejor que puedes hacer ante tu jefe es enfundarte los valores, y la lengua ya de puestos, cuando te está echando una bronca de tres pares por algo que él ha hecho mal. Pero son esos que te guardas para ganarte los garbanzos los que te hacen mejor que él. Aunque no el mejor, ojo. Si te hicieran el mejor, estarías de contertulio de élite en Crónicas o en el programa de la Campos, que ahí sí que van los mejores. La releche, vamos. Esos mismos que creen que el corazón, del que tanto hablan, está compuesto de cuero de tapir amazónico, como sus zapatos y sus carteras. Para ser el mejor, al menos en un mundo asesino de puro competitivo, tampoco los ideales visten. Vaya por Dios.
También es cierto que sólo con una conciencia limpia es difícil relacionarse con la crem de la crem social. Sobre todo porque la cartera suele estar tan limpia como la conciencia. El caso es que me interesa muy poco lo que tenga que contarme esa Jet-set, cuyo dinero pueden meterse por la cuenta corriente y cuya conversación va de las joyas de Piluqui a los cuernos de Maruqui pasando por un tema tan inteligente como los bajos del Ferrari de Pototo. O los bajos de Pototo sin más, que hay gustos para todo. Me quedo con las tertulias de la facultad, donde nos juntamos profesores y alumnos, juntos, revueltos, animados y divertidos, para arreglar el mundo en media hora y dos cuchilladas. A la carne con patatas que solemos comer después de las patatas con carne que sirven de primer plato, ojo. Y todo por el ridículo precio de cuatro con quince más las miradas de envidia de quienes te consideran un pelota por comer con los profes, sin darse cuenta de que, fuera de clase, son colegas a poco que tú quieras que lo sean.
Lo que sí que me molesta (iba a decir que me jode, pero hoy me ha dado por la corrección política, que estoy de buen humor) es que alguien se sorprenda de que un ser humano posea valores que corresponden a una especie que suponemos evolucionada. Me cuesta creer que alguien prefiera el dinero a la honradez, el placer a la satisfacción (ojo a los matices, que estoy de buen humor, pero me gusta que el lector piense mientras lee); o que se quede con el poder antes que el amor. Por poner los tres ejemplos más tontos que se me han podido ocurrir. Me molesta porque de alguna manera me hace sentir un bicho raro, casi como si me insultaran. Lo mismo es que la granaína estaba mosqueada conmigo y me ha soltado uno de esos insultos inteligentes. De los que pillas varias horas después, cuando la réplica está ya fuera de contexto. Así que, para bicho raro, tú, amiga Rapmántica. Aquí, si alguien tiene valores, serás tú. No te jode. Y el de la pipa también, que no iba irse de rositas: aquí, si nos insultamos, lo hacemos todos.
Claro que eso de los valores no sirve para ligar, ni da dinero, pero te hace sentirte bien cuando repasas el día, antes de quedarte frito y soñar con los angelitos, o las angelitas, que hasta en sueños soy paritario. Vale que no están de moda, que no te hacen tan guapo como esas cremas faciales que anuncian cuando ya es navidad en el Corte Galés, ven y compra, borrego, que si no no te vas a comer un rosco en el cotillón de Nochevieja. Pero ayudan a hacer de un cabronazo como mi menda algo parecido a un buen tipo, de esos a los que les coges cariño y todo.
Está bien: lo mejor que puedes hacer ante tu jefe es enfundarte los valores, y la lengua ya de puestos, cuando te está echando una bronca de tres pares por algo que él ha hecho mal. Pero son esos que te guardas para ganarte los garbanzos los que te hacen mejor que él. Aunque no el mejor, ojo. Si te hicieran el mejor, estarías de contertulio de élite en Crónicas o en el programa de la Campos, que ahí sí que van los mejores. La releche, vamos. Esos mismos que creen que el corazón, del que tanto hablan, está compuesto de cuero de tapir amazónico, como sus zapatos y sus carteras. Para ser el mejor, al menos en un mundo asesino de puro competitivo, tampoco los ideales visten. Vaya por Dios.
También es cierto que sólo con una conciencia limpia es difícil relacionarse con la crem de la crem social. Sobre todo porque la cartera suele estar tan limpia como la conciencia. El caso es que me interesa muy poco lo que tenga que contarme esa Jet-set, cuyo dinero pueden meterse por la cuenta corriente y cuya conversación va de las joyas de Piluqui a los cuernos de Maruqui pasando por un tema tan inteligente como los bajos del Ferrari de Pototo. O los bajos de Pototo sin más, que hay gustos para todo. Me quedo con las tertulias de la facultad, donde nos juntamos profesores y alumnos, juntos, revueltos, animados y divertidos, para arreglar el mundo en media hora y dos cuchilladas. A la carne con patatas que solemos comer después de las patatas con carne que sirven de primer plato, ojo. Y todo por el ridículo precio de cuatro con quince más las miradas de envidia de quienes te consideran un pelota por comer con los profes, sin darse cuenta de que, fuera de clase, son colegas a poco que tú quieras que lo sean.
Lo que sí que me molesta (iba a decir que me jode, pero hoy me ha dado por la corrección política, que estoy de buen humor) es que alguien se sorprenda de que un ser humano posea valores que corresponden a una especie que suponemos evolucionada. Me cuesta creer que alguien prefiera el dinero a la honradez, el placer a la satisfacción (ojo a los matices, que estoy de buen humor, pero me gusta que el lector piense mientras lee); o que se quede con el poder antes que el amor. Por poner los tres ejemplos más tontos que se me han podido ocurrir. Me molesta porque de alguna manera me hace sentir un bicho raro, casi como si me insultaran. Lo mismo es que la granaína estaba mosqueada conmigo y me ha soltado uno de esos insultos inteligentes. De los que pillas varias horas después, cuando la réplica está ya fuera de contexto. Así que, para bicho raro, tú, amiga Rapmántica. Aquí, si alguien tiene valores, serás tú. No te jode. Y el de la pipa también, que no iba irse de rositas: aquí, si nos insultamos, lo hacemos todos.
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