chocholoquito
Me da igual. Me la trae floja. Y pendulona. Por mí, como si esa tía quiere pasarse por la quilla a media España. O a toda. Incluso, a toda menos a mí. Pero, por favor, que no me lo restriegue por la cara.
Vale, vale, me calmo y me explico. Se me ha ocurrido la imprudencia de encender la televisión a la hora de comer. En ella salía una señora, o señorita (que puestos a darle una categoría que no tiene lo mismo me da una que otra) cuyo único mérito era el de haberse pasado por el centro de su estupenda y siliconada anatomía a tres cuartas partes de un equipo de fútbol. Para probarlo, no se le ocurre a la torda otra excrecencia mental que decir que Fulaninho la tenía muy grande y Menganinho calza a la izquierda, sin darse cuenta o dándose cuenta, lo que sería más grave aun- de que tales detalles, por indemostrables, amén de estúpidos, interesan cero.
Lo que me molesta es que mi amigo Paco, doctor en biología, se deja los ojos (más literalmente de lo que muchos puedan imaginar) investigando en unas condiciones que harían que un somalí sintiera lástima. El dinero que Paco recibe para seguir trabajando apenas le da para comer, pagar un alquiler y llenar de gasolina un coche que se cae a trozos. Entretanto, esa fulaneja de medio pelo, con el cerebro entre las tetas, medio ahogado por unos
implantes innecesarios, se forra contando cómo se ha trincado, en una orgía, a nosecuantos futbolistas, dos o tres cantantes, cinco toreros y un señor de Murcia que pasaba por allí.
No es que tenga nada en contra de que lo haya hecho, ojo. Que la profesión de lumi, incluso aunque no se reconozca serlo, me parece muy honrada.
Lo que me dispara la bilis es que luego tenga que contármelo. Pero, lo que más me revuelve el alma es ver a la cohorte de gilipollas, mascanabos, revuelvemierdas y cazatontos que viven del dudoso mérito de mi prima la siliconada.
Y, ojo, que la historia no acaba cuando la tipeja cuenta los polvos y lodos de famosetes y famosetas por varios platós. Ojalá. Las diarreas cerebrales continúan cuando las sufridas esposas de los jugadores van a defender a
capa y espada que sus esposos no conocen a la mujer y que eso de que Menganiho calza a la izquierda lo sabrá de casualidad. Tras nuevas declaraciones, con detalles cada vez más escabrosos de la orgía, que ya sabemos que se
produjo en casa del torero El Niño de las Astas, sale la madre del de las astas diciendo que su hijo es muy decente y que no hace esas cosas y que cornudo tu padre, bonita, no te jode.
Podría seguir contando las historias de la historia, sea ésta real o ficticia, que tanto me da que me da igual. El caso es que todos sabemos cómo acaba: tras alagar ad nauseam los detalles sobre tamaños, formas y manías de los personajes que, voluntaria o involuntariamente protagonizan este esperpento, la muchacha aburrirá y caerá en desgracia.
Podría seguir hablando de cómo se arrastra por terrazas y mentideros varios, pero prefiero ir acabando, que la historia ya aburre de tanto verla por la televisión, de tanto mérito que le dan a un encefalograma que parece un
plato lleno aceite. Prefiero ir acabando porque no quiero caer en el mismo error que estoy criticando: dar estrado, luz y voz a quien no ha hecho mérito para ello.
Y, mientras, a mi amigo Paco, que estaba currándose algo sobre el cáncer, que se deje ver con una de éstas o que le vayan dando. País. Y paisanaje.
Vale, vale, me calmo y me explico. Se me ha ocurrido la imprudencia de encender la televisión a la hora de comer. En ella salía una señora, o señorita (que puestos a darle una categoría que no tiene lo mismo me da una que otra) cuyo único mérito era el de haberse pasado por el centro de su estupenda y siliconada anatomía a tres cuartas partes de un equipo de fútbol. Para probarlo, no se le ocurre a la torda otra excrecencia mental que decir que Fulaninho la tenía muy grande y Menganinho calza a la izquierda, sin darse cuenta o dándose cuenta, lo que sería más grave aun- de que tales detalles, por indemostrables, amén de estúpidos, interesan cero.
Lo que me molesta es que mi amigo Paco, doctor en biología, se deja los ojos (más literalmente de lo que muchos puedan imaginar) investigando en unas condiciones que harían que un somalí sintiera lástima. El dinero que Paco recibe para seguir trabajando apenas le da para comer, pagar un alquiler y llenar de gasolina un coche que se cae a trozos. Entretanto, esa fulaneja de medio pelo, con el cerebro entre las tetas, medio ahogado por unos
implantes innecesarios, se forra contando cómo se ha trincado, en una orgía, a nosecuantos futbolistas, dos o tres cantantes, cinco toreros y un señor de Murcia que pasaba por allí.
No es que tenga nada en contra de que lo haya hecho, ojo. Que la profesión de lumi, incluso aunque no se reconozca serlo, me parece muy honrada.
Lo que me dispara la bilis es que luego tenga que contármelo. Pero, lo que más me revuelve el alma es ver a la cohorte de gilipollas, mascanabos, revuelvemierdas y cazatontos que viven del dudoso mérito de mi prima la siliconada.
Y, ojo, que la historia no acaba cuando la tipeja cuenta los polvos y lodos de famosetes y famosetas por varios platós. Ojalá. Las diarreas cerebrales continúan cuando las sufridas esposas de los jugadores van a defender a
capa y espada que sus esposos no conocen a la mujer y que eso de que Menganiho calza a la izquierda lo sabrá de casualidad. Tras nuevas declaraciones, con detalles cada vez más escabrosos de la orgía, que ya sabemos que se
produjo en casa del torero El Niño de las Astas, sale la madre del de las astas diciendo que su hijo es muy decente y que no hace esas cosas y que cornudo tu padre, bonita, no te jode.
Podría seguir contando las historias de la historia, sea ésta real o ficticia, que tanto me da que me da igual. El caso es que todos sabemos cómo acaba: tras alagar ad nauseam los detalles sobre tamaños, formas y manías de los personajes que, voluntaria o involuntariamente protagonizan este esperpento, la muchacha aburrirá y caerá en desgracia.
Podría seguir hablando de cómo se arrastra por terrazas y mentideros varios, pero prefiero ir acabando, que la historia ya aburre de tanto verla por la televisión, de tanto mérito que le dan a un encefalograma que parece un
plato lleno aceite. Prefiero ir acabando porque no quiero caer en el mismo error que estoy criticando: dar estrado, luz y voz a quien no ha hecho mérito para ello.
Y, mientras, a mi amigo Paco, que estaba currándose algo sobre el cáncer, que se deje ver con una de éstas o que le vayan dando. País. Y paisanaje.
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