Querido hijoputa:
Querido hijoputa:
Me he enterado de que este fin de semana has vuelto a liarla. Como los tuercebotas de tu equipo han perdido, has llegado a tu casa con tres copas de más y le has dado una soberana paliza a la parienta. Esta vez, la excusa que le has puesto es que la cena tenía mucha sal. Así que, hostia va, hostia viene, le has dejado la cara como un mapa de Suiza, para que aprenda quien manda. Faltaba más, que para eso eres el hombre de la casa y el que trae la comida para que esa inútil cocine.
Pero no es la primera vez. No señor. La primera fue hace veinte años, de recién casados, para que aprendiera a decir que le duele la cabeza. Vamos, hombre. Que tú llegas del curro, de aguantar borderías de los clientes y necesitas ese Descanso del guerrero. Y no te vas a ir de putas todos los días, que sale caro y hay que dejar unos duros para que coma el niño. Para que el chaval se haga fuerte y pueda machacar a otra pobre inocente que, como tu esposa, decida compartir la vida con uno que aún ignore que su especie bajó de los árboles hace cientos de miles de años.
Si algo me revuelve las tripas al verte es tu cobardía. Nadie diría al conocerte que eres lo que eres: tienes un negociete, curras de cara al público, o das una imagen que no tiene nada que ver con la podredumbre de tus entrañas. Te muestras educado, servil incluso, hola don Fulano, buenos días, en qué puedo ayudarle. Pero lo haces porque no tienes huevos de encararte con quien debes hacerlo. Lo haces porque, para afrontar la vida, para decirle a don Fulano que es un puto gilipollas y que se puede meter sus dineros por el recto, hace falta el par de cojones de los que tú careces.
Algunas veces se te ve el plumero: cuando estás con tus amigotes (tener amigos es un privilegio al que nunca tendrás derecho) sueltas algún comentario del tipo las mujeres en cocina y con la pata quebrada. Ellos te ríen la gracia, sin sospechar o sospechándolo, que es peor- que bajo unas palabras se esconde una realidad. Vale que tus vecinos hayan oído de cuando en cuando las voces, los golpes y los llantos de tu señora. Pero, amigo, en un país de porteras, donde todos sabemos la vida de todos, hay que cosas de las que es mejor enterarse por la tele.
Me han dicho que te perdone, que estás enfermo, que lo que pasa es que eres muy celoso. Y una mierda te voy a perdonar. Eso mismo cuenta tu mujer cuando sus amigas le dicen que te denuncie, o que, por lo menos se vaya de casa. Porque esa es otra: tu víctima te defiende. La pobre está tan anulada que cree que te necesita para algo. Piensa que, si se larga de casa, se va a morir de hambre, la vas a perseguir para matarla o la van a mirar mal por ser mala esposa. Además, con el paso de los golpes, se ha ido acostumbrando. Ya cree que no pasa nada por que tu marido te dé unos sopapos de cuando en cuando y que con un poco de maquillaje se arregla todo.
Si te digo la verdad, me gustaría verte entre rejas. Me encantaría que te pudrieras en la cárcel durante unos cuantos años, que allí te agarrase un bestia y te diera lo que te mereces. Que pasaras durante una buena temporada por el infierno que le estás haciendo pasar a tu mujer. Es más: me iba a descojonar muchísimo cuando a alguien se le cayera el jabón en la ducha y te pidiese que se lo recogieras... Tan machote tú.
Pero no tendré esa suerte. Como a muchos, un día se te irá la mano, le darás un poco (sólo un poco) más fuerte a la respectiva. Parecerá entonces que la has dejado kao. La insultarás para que reaccione, luego la agitarás y las pocas neuronas que te quedan harán que te des cuenta de que la has matado. Entonces desaprovecharás la última oportunidad que te quedaba para ser un hombre y te pegarás un tiro o saltarás por el balcón o lo que coño hagáis los cachomierdas como tú para no afrontar las consecuencias de vuestros actos. Siempre me he preguntado por qué no os suicidáis primero y le dais la sopa de hostias a la parienta después.
En fin, me despido, no sin recomendarte que te revientes la tapa de los sesos para que bajen un poquito los índices de hijoputez del planeta.
Recibe mis peores deseos:
Cualquier ser humano evolucionado
P.D. Creo que tu mujer está empezando a cultivarse un poco: ha empezado a leer un libro. Algo sobre la vida y técnicas de Lucrecia Borgia. Ya sabes, bobadas de mujeres.
Me he enterado de que este fin de semana has vuelto a liarla. Como los tuercebotas de tu equipo han perdido, has llegado a tu casa con tres copas de más y le has dado una soberana paliza a la parienta. Esta vez, la excusa que le has puesto es que la cena tenía mucha sal. Así que, hostia va, hostia viene, le has dejado la cara como un mapa de Suiza, para que aprenda quien manda. Faltaba más, que para eso eres el hombre de la casa y el que trae la comida para que esa inútil cocine.
Pero no es la primera vez. No señor. La primera fue hace veinte años, de recién casados, para que aprendiera a decir que le duele la cabeza. Vamos, hombre. Que tú llegas del curro, de aguantar borderías de los clientes y necesitas ese Descanso del guerrero. Y no te vas a ir de putas todos los días, que sale caro y hay que dejar unos duros para que coma el niño. Para que el chaval se haga fuerte y pueda machacar a otra pobre inocente que, como tu esposa, decida compartir la vida con uno que aún ignore que su especie bajó de los árboles hace cientos de miles de años.
Si algo me revuelve las tripas al verte es tu cobardía. Nadie diría al conocerte que eres lo que eres: tienes un negociete, curras de cara al público, o das una imagen que no tiene nada que ver con la podredumbre de tus entrañas. Te muestras educado, servil incluso, hola don Fulano, buenos días, en qué puedo ayudarle. Pero lo haces porque no tienes huevos de encararte con quien debes hacerlo. Lo haces porque, para afrontar la vida, para decirle a don Fulano que es un puto gilipollas y que se puede meter sus dineros por el recto, hace falta el par de cojones de los que tú careces.
Algunas veces se te ve el plumero: cuando estás con tus amigotes (tener amigos es un privilegio al que nunca tendrás derecho) sueltas algún comentario del tipo las mujeres en cocina y con la pata quebrada. Ellos te ríen la gracia, sin sospechar o sospechándolo, que es peor- que bajo unas palabras se esconde una realidad. Vale que tus vecinos hayan oído de cuando en cuando las voces, los golpes y los llantos de tu señora. Pero, amigo, en un país de porteras, donde todos sabemos la vida de todos, hay que cosas de las que es mejor enterarse por la tele.
Me han dicho que te perdone, que estás enfermo, que lo que pasa es que eres muy celoso. Y una mierda te voy a perdonar. Eso mismo cuenta tu mujer cuando sus amigas le dicen que te denuncie, o que, por lo menos se vaya de casa. Porque esa es otra: tu víctima te defiende. La pobre está tan anulada que cree que te necesita para algo. Piensa que, si se larga de casa, se va a morir de hambre, la vas a perseguir para matarla o la van a mirar mal por ser mala esposa. Además, con el paso de los golpes, se ha ido acostumbrando. Ya cree que no pasa nada por que tu marido te dé unos sopapos de cuando en cuando y que con un poco de maquillaje se arregla todo.
Si te digo la verdad, me gustaría verte entre rejas. Me encantaría que te pudrieras en la cárcel durante unos cuantos años, que allí te agarrase un bestia y te diera lo que te mereces. Que pasaras durante una buena temporada por el infierno que le estás haciendo pasar a tu mujer. Es más: me iba a descojonar muchísimo cuando a alguien se le cayera el jabón en la ducha y te pidiese que se lo recogieras... Tan machote tú.
Pero no tendré esa suerte. Como a muchos, un día se te irá la mano, le darás un poco (sólo un poco) más fuerte a la respectiva. Parecerá entonces que la has dejado kao. La insultarás para que reaccione, luego la agitarás y las pocas neuronas que te quedan harán que te des cuenta de que la has matado. Entonces desaprovecharás la última oportunidad que te quedaba para ser un hombre y te pegarás un tiro o saltarás por el balcón o lo que coño hagáis los cachomierdas como tú para no afrontar las consecuencias de vuestros actos. Siempre me he preguntado por qué no os suicidáis primero y le dais la sopa de hostias a la parienta después.
En fin, me despido, no sin recomendarte que te revientes la tapa de los sesos para que bajen un poquito los índices de hijoputez del planeta.
Recibe mis peores deseos:
Cualquier ser humano evolucionado
P.D. Creo que tu mujer está empezando a cultivarse un poco: ha empezado a leer un libro. Algo sobre la vida y técnicas de Lucrecia Borgia. Ya sabes, bobadas de mujeres.
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