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La contraria

Sociedad

Las barbas propias

La verdad es que el tipo no me cae demasiado bien. No es que me caiga mal o que me haya ofendido. Es, simplemente, que sólo lo cuento entre mi nómina de conocidos. Sin más. No es amigo ni enemigo. No creo que vayamos a llevarnos nunca mal, pero dudo de que llegue a llamarlo amigo, o colega siquiera. El motivo es que tiene razón en casi todo lo que dice, y no me gusta charlar más de cincuenta minutos al mes con gente así. Cierto que Vïctor es un muchacho que aporta mucho a quien hable con él, pero le hace a uno sentir una especie de complejo de inferioridad, como si su persona careciera de todo interés, intelecto o cultura. Insisto en que no es culpa suya. Ha leído, ha pensado, y se ha preocupado por descubrir el mundo que lo rodea. Not guilty, que dicen en los juicios los gringos.

¿Que por qué lo traigo, entonces a colación? Pues mira, por eso mismo, porque suele tener razón y demostarlo con argumentos de tal contundencia que dejan a un lucero del alba a la altura de un martillo de plata. El otro día, leí, por casualidad, un artículo suyo y, chico, me quedé de patedefuá untao en pan de molde integral.

Uno, a sus treinta y un taquitos, no se siente especialmente mayor, aunque se salga un tanto de las abrumadoras estadísticas con las que Vïctor apoya una serie de afirmaciones que suscribe al cien por cien. Y es una de esas frases lo que se me quedó latiendo en el cerebro al acabar de leer la pieza: "Hemos convertido la educación en la nota del expediente y a la información en la tasa de audiencia". Alucina. Tiene el hombre más razón que un santo de los que tienen razón. La ha soltado afilada y certera, el Robin Jud éste.

En un mundo donde lo que cuenta es el colorín, donde no somos capaces de asimilar más que lo que nos entra, de forma agradable, por los ojos. En una sociedad en la que se lee poco -salvo sea el Marca- y se piensa menos -salvo sea quien se estruja el neuronamen para no dar golpe-. En un país en el que todo vale para ganar mucho dinero y no dar palo al agua, en el que Don Miguel no tuvo otra que resumirlo en un desesperanzado que inventen ellos. En un país de Caínes y pasotas, no puede haber muchos que se interesen por la política. De hecho no puede haber muchos que se interesen por otra cosa que si se van a dar una alegría para el cuerpo esta noche.

Vale que tampoco es culpa del todo de los que sólo leen la programación de la tele en el periódico. La política se ha vuelto aburrida. Ya todos sabemos qué van a decir los unos de lo que hacen los otros, y los otros de los que dicen los unos; cierto cada medio de comunicación apoya, sin condiciones, a una u otra facción. Pero, chico, que nos están adocenando, nos están empachando de pan y circo como a los felicísimos habitantes del mundo feliz de Huxley. ¿Que vamos a putear al electorado subiéndoles los más básicos de los bienes? Pues lo hacemos durante el mudial y nadie protesta. ¿Que hemos robado nosecuántoscientos millones de euros del Vellón? No pasa nada, para eso está ETA o los malos malosos de los moros. ¿Que nos ha dado por sodomizar ranas en peligro de extinción? Bueno, mira, lo hacemos  de forma políticamente correcta y aquí paz después gloria.

Ante esta apatía, lo único que se me ocurre es citar un poema de Brecth: "Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no lo era. En seguida se llevaron a los obreros, pero a mí no me importó porque no lo soy. Luego apresaron a unas curas, pero como no soy religioso, tampoco me importó. Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde, ahora me llevan a mí." O echar mano del refranero español: "Cuando las barbas de tu vercino veas pelar, pon las tuyas a remojar".

Y los barberos están cerca. Muy cerca...

Tuneao e irracional

Hola, so bestia:

A pesar de los dos puntos y aparte, esto no es una carta. No te mereces que me dirija a ti de una forma tan personal como ésa. Esto que ves es una idea que quiero compartir con los demás. Es más: ni siquiera creo que te pares a leerla. Para la lectura hace falta una catadura intelectual de la que dudo de que dispongas. Y es que sé que lo último que has leído son las instrucciones de uno de esos juegos de coches en los que se trata de correr más que nadie. Y lo último que has aprendido, el código de circulación, olvidado apenas aprobaste el examen.

Y he ahí el problema: que sólo lees las instrucciones para correr, en la pleiesteishon, en unos juegos en los que, para ganar, hay que adelantar a todo Dios. Y los confundes con la realidad en cuanto te pones al volante -palabra que nada tiene que ver con volar, a pesar de lo que crees- de tu coche tope tuneao, coligui, como mola.

Fíjate que aún no te he llamado por tu nombre, y el motivo es que tienes muchos: Pedro, Juan, María, Hermengardo... También tienes muchas edades y caras. Quieres hacerte pasar por otro, pero sé que eres tú. Saltándote un stop, o adelantando por el arcén en un atasco (qué listo que eres). Eres tú el que pone cara de gilipollas desolado cuando se ha llevado por delante a un peatón, como si el atropello hubiera sido una conjura de los dioses y no un acto de irresponsabilidad suprema y de desprecio por la vida ajena -la tuya me importa un huevo, que lo sepas-.

Me indigna que te permitan montar en cualquier máquina que supere los diez kilómetros por hora, pero es lo que hay, de modo que me toca cpmpartir carretera contigo. Y si la bofetada me la llevo yo, por muy culpa tuya que sea, pues mira: gajes del oficio. Pero, amigo, el caso es que son muchas las personas a las que quiero y que, día tras día, conducen por esas carreteras de España y del Señor. Y como les pase algo por tu culpa, mejor vas a estar muerto y en el infierno.

Vale que con las nuevas leyes y los puntos y toda la pesca te hayas pasado unos meses tranquilito, pero, visto lo visto últimamente, has vuelto a las andadas. No entiendo por qué no te quitan el carné definitivamente o, mejor aún, por qué no buscan la manera de impedirte conducir para siempre. Sé que que suena un poco bestia, pero es que la última pirula ha sido muy gorda y te has ido de rositas. Claro, mientras no te cacen...

El caso es que hacia el final de este escrito, y sin quitarte un pelo de culpa, me dirijo a quienes escriben las leyes, los mismos que llevan chófer o usan transportes en los que, de un modo u otro, están a salvo de ti: señor ministro, presidente o a quien demonios corresponda: es evidente que la idea de los puntos, por buena que sea, es insuficiente. Eviten como sea que ese salvaje vuelva a tocar un volante o un manillar. Hoy son mis amigos, mi familia... Pero mañana pueden ser los suyos. Por favor.

Prohibamos

Vale. Fumo. Como un carretero fumador. Como una chimenea donde arde leña verde. Como un indio cabreado. Me labro, consciente, constante y gilipollas. un cáncer de pulmón. Calada a calada. Cigarrillo a cigarrillo. Si no me mata el cácer, lo hará un enfisema, un infarto, o la mala hostia acumulada el día en que ésta salga a flote. Que fumo, consciente y por placer, vaya.

Ahora bien: he aquí que el ser humano es un animal contradictorio: fumo y me parece de perlas la Ley Antitabaco. Que sí, que sí. Sin ironías. Entiendo incluso lo gallos que andan los no fumadores. Me cae muy bien, por haberlos molestado sin darles ocasión de pedirme, educadamente, que no fume. Soy malo, muy malo. Es más: si de mí dependiera, habría relegado el tabaco al ámbito privado y, si acaso, a un porcentaje muy bajo de bares y cafeterías. Digamos el diez por ciento.

Como me he propuesto escribir este artículo sin recurrir a la ironía ni al insulto, no voy a decir lo que pienso del intervencionismo estatal. Sólo que me molesta bastante que tengan que venir unos señores que no tienen ni puta idea de que existo -salvo cuando toca pagar tasas e impuestos- a decirme que me cuide, que tengo que llegar a los ciento veintiún años. Y bien de salud, gracias, que tengo que producir hasta los noventa, que tal y como está la Seguridad Social, sin niños y con una burrada de moros que no cotizan, lo de las pensiones, chungo pelota, tron.

La ley de marras. Que me parece estupendo. Decía: si los fumadores no hemos sabido respetar a los que no lo son, ahora nos vemos obligados a ello legalmente. Ole. Pero que el Pesoe no nos venda motos pintadas de rojo -nótese el juego cromático de palabras-. Se empeña en decir que es lo mejor para los fumadores, que papá Estado te quiere y que el Tío Sam te necesita -este retruécano es más fino, pero yo me entiendo-.

Vamos a ver: desde mi punto de vista, nos están escamoteando el motivo real por el efecto secundario. El efecto es que en España estaremos todos un poco más sanos. El motivo real: ahorrar gastos de Sanidad.Y es que el tabaco no compensa: el gasto en oncología, cardiología y todas las "gías" que necesitan los fumadores, supera el ingreso de los impuestos que proporciona el cigarrillo.

Por lo demás, y si se trata de ahorrarse unos euros en Salud Pública, se me ocurren un par de medidas: prohibamos la venta de alcohol a imbéciles que luego, bajo sus efectos, se creen invulnerables tras un volante o legítimos dueños de un animal más o menos doméstico al que llaman esposa. Nos ahorraremos dinero en traumatología, Justicia y pompas fúnebres. Casi ná. Prohibamos la salida a la calle de niñatos y niñatas que, como se aburren, se dedican a la quema de mendigos o a la caza del negro. Pero, sobre todo, prohibamos la llegada al poder de inútiles incompetentes, trepas, vagos, lobos con piel de cordero, o cualquier otra de las iletradas subespecies que, en los últimos siglos, salvo muy contadas excepciones, han gobernado para medrar el reino republicano central federalista de un porcentaje de la Península, Cueta, Melilla y territorios insulares. Prohibamos.

La boda de Bush y la pequeña Yaiza

Flipo. Mucho. Pero mucho, muho... Acabo de leer un artículo en un blog yanki y me he quedado a cuadros. Osea, ¿no va el maromo, o maroma y defiende a Bush por oponerse a las bodas homosexuales? A ver: en  este tema, que cada uno piense lo que le dé la gana. El que quiera poner a escurrir a dos tíos que se casan, allá él; y si Pepe y Manolo deciden que son los hombres de su vida, me parece fantásico. Pero es que luego el fulano se empeñaba en comparar las bodas homosexuales con la poligamia y las bodas con niñas en África. En Zimbawe, decía el tío listo. Vamos, que también en los Iueséi mezclan churras con merinas.

En España, como en Estados Unidos, habitualmente, dos personas, sean del sexo que sean, se casan más o menos libremente. ¿Se imaginan lo contrario?, el cura dicendo: Pedro, ¿tomas a María por esposa para amarla y todo eso o prefieres que te castremos y te lapidemos?; y tú, María, ¿te casas con Pedro o te deportamos? Vale que alguno ha ido al altar por aquello de la presión social y porque no le quedaban más huevos después de una noche loca... Pero no era -normalmente- cuestión de vida o muerte.

Lo que quiero decir es que no entiendo la crítica a un acto de libertad -ojo, la boda en sí, que de la familia ya hablaremos...- ni me cabe en la cabeza que esta crítica se apoye en una comparación bastante más que odiosa.

Analizando en profundidad el mensaje del colega gringo, creo saber dónde radica el problema. Y lo que me fastidia (iba a escribir jode, pero parece que eso de las palabrotas va a empezar a perseguirse en los blogs) es que ambos compartimos una carencia. A saber: aquí, el colega John y un servidor, somos muy miopes. Tanto él como yo nos empeñamos en medir por el mismo rasero a gentes que no tienen nada que ver: de un lado, Smith critica la Boda de Joey y Mickey, comparándola con actos propios de la cultura africana y de otro, el menda defiende que Pepito y Miguelín se pasen por el Ayuntamiento argumentando que es cosa de cada uno y que peor es lo de África. Nuestro problema -ojalá fuera sólo de John y mío- es que halamos sin saber, desde un púlpito de riqueza y una cultura juedeo-cristiana que no entiende al islam ni a cualquier otra ideología que no sea la nuestra.

Como me está quedando un poco lioso el artículo, para rematarlo, voy a resumirlo en un par de frases: por un lado, no somos quiénes para criticar actos de culturas que no son la nuestra: eso se llama etnocentrismo; por otro lado, nadie nos manda meternos en la vida de dos personas qe se aman, sean del sexo que sean: eso se se llama fascismo. Y gilipollez.

¿Depre o gilipollas?

Esta tarde me he estado tomando un café con el profesor de psicología. Un tipo majete el tal Andrés: gallego moreno, de mirada grande e inteligente, bien plantado y que las trae a todas loquitas. El caso es que me he quedado con las ganas de pedirle su opinión sobre algo que me preocupa. Observo que cada vez se producen más depresiones. Tema serio donde los haya, siempre y cuando no decidas reírte de tus miedos. Me habría gustado que me ofreciera, desde un punto de vista científico, la razón de este aumento. Pero no ha podido ser: en la tertulia había gente a la que no le hubiera apetecido hablar del tema. Otro día será. Entre tanto, me quedo con mi idea, que paso a exponer. Y usted, si tiene paciencia y valor, a leer. Y si no, seguro que le gusta más el artículo sobre el Club Deportivo Villasoplanabos que un exfutbolista guiri ha escrito en el diario deportivo. Con que, hala, a mamarla.
He leído en algún lado que la depresión es la enfermedad de la comodidad. Y debe de ser cierto, porque, cuando estás ocupado buscando comida antes de que te ataque alguna alimaña, o cuando te dedicas a esquivar tiros, no tienes tiempo para deprimirte. Ni ganas. Aunque esa alimaña (me vale el apelativo para ambos casos) se haya cargado a tu perrito. El problema viene cuando las alimañas no existen, duermes caliente -en el sentido que sea- y la comida sólo se te puede escapar volando si no sabes trinchar el pavo. Entonces quieres más. Y si hay dinero, lo tienes, si no, alium et aqua, Caesar dixit. Y esa aspiración extra genera frustración. Claro que las frustraciones continuas no tienen por qué deprimirte. No tienen por qué. Pero lo hacen.
La base puede estar en una anécdota que me contó mi Comandanta Favorita hace tiempo: estaba ella, de muy niña, encaprichada con un juguete. El berrinche ante su progenitor -mi comandante favorito- fue mayúsculo. Pero, si algo tienen en común padre e hija, es la testarudez de los mandos castrenses. Tal vez por eso, el comandante Vergara, un tipo digno de conocerse, en el mejor sentido de la palabra, pronunció la frase que, años más tarde, ella me reprodujo: "La vida es una continua frustración".
A ver, a ver, que no me he convertido al budismo ni nada de eso. No niego las bondades de la ambición sana. Pero sana, ojo. Cada uno tiene unos talentos (pecuniarios y de los otros) y es cada uno quien debe administrarlos para hacerlos crecer. Y que a quien Dios se la dé San Pedro de la bendiga, vamos. Lo que ocurre es que no somos conscientes de lo poco que se necesita para ser feliz -remito al lector a una de las más bonitas canciones de Joaquín Sabina: "Para dormir a pierna suelta, le basta con tener para vino, pan y tabaco", que decía la Balada de Tolito-. El problema se agrava cuando confundimos dinero con felicidad, que, aunque se parezcan, no siempre son lo mismo.
Como ya voy más allá de las 33 líneas y de los 33 no pasó ni Cristo, voy a concluir, que en nada soy superior al Mesías: ahora lo fácil es echarle la culpa a la sociedad, decir que nos inunda de anuncios, de ventanas a una vida de lujos y lujurias inalcanzables. Lo fácil es echar balones fuera, usando un término que mi colega de tecleo, el tuercebotas guiri que escribe en la prensa deportiva. Lo fácil y lo cobarde. Examinémonos un rato. ¿De verdad voy a ser más feliz si llevo los vaqueros del tal Pepe Pardo, las zapatillas de Naiqui-enselasponga-, el perfume de Adolfo Chorícez y la gomina del alcalde de León? Para mí, eso, más que felices, nos hace gilipollas. Claro que a lo mejor, el tipo que decidió agarrar el diario futbolero "Carca" nada más acabar el primer párrafo no está de acuerdo. Allá él y el guiri.

Valores

Estoy emocionado. De verdad. Casi con la lagrimilla en el ojo. Y es que no estoy acostumbrado a los piropos. Y, hoy, la rapmántica, supongo que cegada por esa amistad, incondicional como todas las amistades que ella da, me ha soltado el piropo más bonito que jamás me hayan echado. Y sin previo aviso, que tiene más mérito. Ha dicho algo así como que soy un tío con valores. Vale. A lo mejor no es lo más poético que se le puede decir a un hombre soltero, sin compromiso y en edad de merecer. Pero me ha emocionado de verdad. No soy tan hijoputa ni tan cabrón. Por algo se empieza.
Claro que eso de los valores no sirve para ligar, ni da dinero, pero te hace sentirte bien cuando repasas el día, antes de quedarte frito y soñar con los angelitos, o las angelitas, que hasta en sueños soy paritario. Vale que no están de moda, que no te hacen tan guapo como esas cremas faciales que anuncian cuando ya es navidad en el Corte Galés, ven y compra, borrego, que si no no te vas a comer un rosco en el cotillón de Nochevieja. Pero ayudan a hacer de un cabronazo como mi menda algo parecido a un buen tipo, de esos a los que les coges cariño y todo.
Está bien: lo mejor que puedes hacer ante tu jefe es enfundarte los valores, y la lengua ya de puestos, cuando te está echando una bronca de tres pares por algo que él ha hecho mal. Pero son esos que te guardas para ganarte los garbanzos los que te hacen mejor que él. Aunque no el mejor, ojo. Si te hicieran el mejor, estarías de contertulio de élite en Crónicas o en el programa de la Campos, que ahí sí que van los mejores. La releche, vamos. Esos mismos que creen que el corazón, del que tanto hablan, está compuesto de cuero de tapir amazónico, como sus zapatos y sus carteras. Para ser el mejor, al menos en un mundo asesino de puro competitivo, tampoco los ideales visten. Vaya por Dios.
También es cierto que sólo con una conciencia limpia es difícil relacionarse con la crem de la crem social. Sobre todo porque la cartera suele estar tan limpia como la conciencia. El caso es que me interesa muy poco lo que tenga que contarme esa Jet-set, cuyo dinero pueden meterse por la cuenta corriente y cuya conversación va de las joyas de Piluqui a los cuernos de Maruqui pasando por un tema tan inteligente como los bajos del Ferrari de Pototo. O los bajos de Pototo sin más, que hay gustos para todo. Me quedo con las tertulias de la facultad, donde nos juntamos profesores y alumnos, juntos, revueltos, animados y divertidos, para arreglar el mundo en media hora y dos cuchilladas. A la carne con patatas que solemos comer después de las patatas con carne que sirven de primer plato, ojo. Y todo por el ridículo precio de cuatro con quince más las miradas de envidia de quienes te consideran un pelota por comer con los profes, sin darse cuenta de que, fuera de clase, son colegas a poco que tú quieras que lo sean.
Lo que sí que me molesta (iba a decir que me jode, pero hoy me ha dado por la corrección política, que estoy de buen humor) es que alguien se sorprenda de que un ser humano posea valores que corresponden a una especie que suponemos evolucionada. Me cuesta creer que alguien prefiera el dinero a la honradez, el placer a la satisfacción (ojo a los matices, que estoy de buen humor, pero me gusta que el lector piense mientras lee); o que se quede con el poder antes que el amor. Por poner los tres ejemplos más tontos que se me han podido ocurrir. Me molesta porque de alguna manera me hace sentir un bicho raro, casi como si me insultaran. Lo mismo es que la granaína estaba mosqueada conmigo y me ha soltado uno de esos insultos inteligentes. De los que pillas varias horas después, cuando la réplica está ya fuera de contexto. Así que, para bicho raro, tú, amiga Rapmántica. Aquí, si alguien tiene valores, serás tú. No te jode. Y el de la pipa también, que no iba irse de rositas: aquí, si nos insultamos, lo hacemos todos.

Quiero ser distinto

Vale. Me tienen hasta donde la espalda pierde su casto nombre. Hoy, después de varias semanas, me he vuelto a poner delante de la televisión. Y van a pasar varias semanas más antes de que vuelva a encenderla. Y es que no hay derecho. Son todos iguales: ellos altos, de espesa cabellera y sin un maldito pelo a la vista de cuello para abajo. Impolutos ropajes a la última -y más cara- moda cubren unos cuerpos danone esculpidos a fuerza gimnasio, pesas y cocaína. Y lo de ellas, peor, oiga. Ni un gramo de grasa, patéticos esqueletos de lo que debería haber sido una mujer con sus curvas y todo. También al último alarido de los más exclusivos -e inasequibles- modistos. Pero lo de ellas ya lo hablaré, o, mejor, que lo haga la Rapmántica, que de eso de ser mujer sabe mucho más que yo.
El caso, que me pierdo: nos venden una serie de estereotipos superficiales, basados en una belleza lograda artificialmente, nos hacen desear unos modelitos de ochenta talegos e insisten en que, si no somos como ellos, si no nos cuidamos el cutis con la crema de Nifea for Pen o no lucimos una cabellera lavada con Pidal Sifún, jodidos estamos. Que no nos vamos a comer un rosco, vamos. Pero ni en el curro ni con una señorita medianamente pasable, de esas que reconoces al día siguiente sin decir Dios mío, qué tenían las copas de anoche. Además, es mejor no pensar, que eso desgasta las neuronas y, entre las copas y la coca, se nos mueren y perdemos la capacidad para elegir el modelito más pijo o la imprescindible labia para berrearle a otro encefalograma plano al oído lo buena que está y que si vienes mucho por aquí, anda, nena, vamos a mi casa que estaremos más tranquilos. Está bien. Casi cuela. Lástima que a mí no me la vayan a dar.
Vamos a ver ¿qué es más importante, que tus colegas de fiestuqui te den palmaditas en el hombro, ahí estamos machote, cuántos echasteis; o, tres días más tarde, encontrarte para tomar café con una mujer con la que has pasado una buena noche y poder hablar de algo, aunque no sea precisamente la hembra que todo macho envidia? Antes de contestar, querido lector, tenga en cuanta que, por muy macho que sea, dudo muchísimo de que vaya a dedicarle más de tres horas diarias al saludable ejercicio del sexo (actores porno aparte) y que le van a sobrar 21 horas de contemplación. Que está muy bien eso de quedarse absorto ante la belleza, pero 21 horas al día es un tanto exagerado. ¿No?
Claro que yo estoy hablando de una mujer de la que enamorarse, no de polvetes de discoteca. Creo que hay matices... Ahora que lo pienso, esos matices tampoco están tan claros en los programas de la televisión. A lo mejor porque la televisión es reflejo de la sociedad, y no al revés. Se me agranda la úlcera: tampoco está de moda enamorarse. La verdad es que me estoy dando cuenta de que casi nada de lo que hago, digo, pienso o siento está de moda. Ya no vende enamorarse del mundo, amar a todas las mujeres (menos mal, me arruinaría en San Valentín), ya no se ve gente dedicada a pensar ante un atardecer. Ni siquiera contemplar ese mismo ocaso por el puro placer de disfrutar de una belleza que no viene en los libros de rutas. Tampoco es muy rentable hablar con el corazón, ni querer conocer a tu interlocutor sólo escuchándolo y dándole a entender que lo haces. Hace años que no veo llorar a un hombre, y hace aún más años que nadie, junto mí, suelta un par de lágrimas ante una canción sólo por el hecho de que le recuerda a su primer amor... Creo que me estoy haciendo viejo.
Pero ¿Saben qué? Que no pienso cambiar, que aunque me toque llevar la vida sexual de la gata del Vaticano, aunque no vaya a progresar en el curro, aunque me sacudan, una tras otra, todas las bofetadas que en este planeta puede llevarse un ser humano, no cambio. Que no. Que se adapte el mundo a mí, coño, que yo, con ir limpio, no necesito que mis pantalones cuesten más que la diadema de Isabel II; que con decir la verdad no tengo por qué vender moto alguna; y que, con apreciar la belleza y enamorarme en silencio, no preciso que mujer alguna me dispense favores físicos más allá de una sonrisa y, de cuando en cuando, un abrazo.
Creo que, como todo ser humano, tengo derecho a ser distinto, a vestir a mi modo, hablar en un tono vulgar o cervantino, decir tacos sin ofender y besar con el alma, ya que no con los labios a toda mujer que se cruce en mi camino.
¿Queda claro?

El sexo de los ángeles (cristianos)

Ya es oficial. Lo han conseguido. Por fin la bilis me gotea por las orejas. Vamos a ver, monseñor: ¿de verdad le importa lo que un servidor, católico y apostólico, aunque cada vez menos romano, haga con su pareja, cuando la tiene, en los ratos de intimidad? ¿Cree que puede usted frenar, sólo con la amenaza de un infierno del que incluso su jefe inmediato, el señor Ratzinger (o como coño se escriba, que aún no sé alemán), ha negado la existencia. Cree que puede, digo, frenar los naturales impulsos de un tipo de 29 años, sano y heterosexual?
Pero no voy a mentarle al jefe terrenal, que no me vale, ya que no será ante él ante quien tenga que dar cuentas cuando doble la servilleta y me inviten -o no, por hereje- a papear al Gran Banquete. Vamos a hablar de ese mensaje que ustedes dicen extender: ese que nos dejó un tipo, cuando menos, carismático. Un tal Jesucristo. Pues bien: le diré a su eminencia, o como diablos exija la etiqueta que le llame, que soy radicalmente apolítico, que no sigo ideario más allá del mío. Del mío y del de su jefe. El de verdad. Ese que dicen que resucitó. Aunque vuecencia no se muestre a veces muy convencido del hecho.
Y sigo el mensaje de Cristo porque es el mensaje más bonito que jamás haya emitido ser humano alguno. AMOR. Así, con mayúsculas, sin cinismos ni paliativos. Sin anestesia, vamos. Y ese amor empieza por el prójimo, palabra cuya traducción bastarda se acerca a "próximo", a pesar de que pueda extenderse a todo el mundo. A ver: El día que tenga hijos -supongo que éstos sí son prójimos-, lo menos que me exige mi ideario, mi naturaleza y todos mis instintos (algunos de los cuales su Iglesia se empeña en acallar), es amarlos. Con todo. Y ese todo incluye corazón, cuerpo y cartera. ¡Tate! He aquí el quid de la cuestión. A donde yo quería llegar con todo este rollo. Hoy por hoy, mis ingresos son nulos, de modo que me parece difícil darle a un hijo todo lo que se merece, por tanto, sintiéndolo mucho, voy a seguir usando condón.
Ya sé que su organización, que cada día tiene menos de Iglesia y más de empresa, ofrece una solución mucho más efectiva para evitar embarazos. Y más barata, aunque tampoco cuesta tanto una caja de preservativos. Pero cuando estuve en un seminario (salesiano, por más datos), me enseñaron que eso del sexo es la máxima expresión de afecto que puedes dispensarle a tu pareja. ¡Hete aquí que te he, que te acaban de cazar, fray! Osea, que tengo que practicar con mi pareja para decirle que la amo de manera suprema, pero el fruto de esta práctica me lo como con patatas, como un Saturno cualquiera. Al menos hasta que tenga pasta para alimentar a media docena de churumbeles a los que no podré dar tanto afecto como merece cualquier ser humano, porque me tocará dejarme los testículos para alimentarlos. No lo entiendo.
Pero no seré yo quien se queje. Al menos no más de lo que ya he hecho. Al fin y al cabo soy un privilegiado: soy heterosexual y me salvaré del infierno pagando el magro precio de producirle a la Santa Madre Iglesia (palabra que he escrito lo de Santa Madre sin descojonarme demasiado) seis o siete fieles corderitos. El problema es si eres homosexual. Entonces, colega, te vas al infierno directo. Con o sin condón, vaya. Pues, francamente, problemas de adopción aparte, Manolo puede... cohabitar con Ramón, que a mí no me hacen daño alguno. Lo único que les pediría es lo mismo que si Manolo... yaciera con María: que se expresen amor a través del placer. Y ni eso siquiera: que cada una haga con sus partes lo que le salga de las mismas.
Eso de la natalidad obligatoria estaba muy bien para su negocio cuando los niños venían con un pan debajo del brazo; cuando, a mayor número de fieles, más ingresos a través de diezmos, cepillos, limosnas, ofrendas y sacacuartos varios. Pero ahora ya no cuela. No sé si se dan cuenta, pero están perdiendo la clientela por motivos varios que ahora me da un poco de pereza analizar. Ahora, su empresa se dedica a las altas finanzas: la Banca Vaticana tiene inversiones por medio planeta (no siempre muy piadosas, por lo que sé) y en España, la "reserva espiritual de Occidente" -me estoy volviendo un tipo serio: he vuelto a contener la risa con lo de "reserva espiritual"-, bueno, en España invierten en valores a través de Gescartera (vale, ahora sí que me he partido de risa). El caso: que hoy en día no se necesitan tantos fieles para mantener, por ejemplo, una de las estructuras más jerarquizadas, machistas y burocráticas que existen. Entonces, ¿por qué ese empeño en la preservación de una especie cuya principal amenaza es la falta de recursos en este ya maltrecho planeta?, ¿por qué hemos de traer niños a un mundo que se va al carajo?, ¿por qué esa preocupación de su eminencia por lo que yo haga con el meridiano cero de mi anatomía?, ¿por qué no se mete su eminencia sus palabras por donde le quepan y nos deja a todos vivir en paz?

Impuestos muy sanos

Acabo de leer en el periódico que el gobierno propone subir la electricidad, el tabaco, el alcohol y el combustible. Y me parece de perlas. No, no me he vuelto loco ni masoquista. Lo que pasa es que el rotativo explica inmediatamente que el encarecimiento va a revertir en una mejora de la sanidad, habida cuenta de que tales productos son los que provocan mayores gastos en la misma.
Ahora se entiende mi aquiescencia y casi alegría: estábamos pagando esos cuatro artículos -todos ellos prescindibles- a un precio irrisorio si lo comparamos con el insuperable servicio sanitario español. Me parece injusto. Y hasta aplaudo que, cuando usted encienda una bombilla,esté soltando unos céntimos para curar el cáncer de pulmón que un servidor se labra cigarrillo a cigarrillo.
Lo que no entiendo es por qué no se les ha ocurrido antes que mi padre pague más caro el gasoil para que ese cafre que va doscientos por hora y se lleva por delante a una familia que venía a noventa por su carril pueda curarse la pierna rota, única consecuencia del accidente.
Y ya puestos a mezclar churras con merinas, voy a proponer otra serie de artículos cuyo precio podría subir para evitar las pérdidas de nuestra bien engrasada maquinaria curativa:
Empecemos por el papel: al fin y al cabo, los periódicos provocan cada día más jaquecas, úlceras y accidentes cardiovasculares. Además, la letra siempre ha ayudado a pensar. Y eso sí que es peligroso para la salud. Al menos, para la de algunos.
Otra buena idea para el verano que viene es la de vallar las playas, roquedales o cualquier otro lugar donde pudiera tomarse el sol. Si cobramos entrada, tendremos para curar unos cuantos cánceres de piel.
Y como esto de subir los precios es muy divertido, le cobramos unos euros al que respire por más de una fosa nasal, que, tal como está el aire, lo menos que se agarra es una legionela. Duro también con el que va caminando por la ciudad, que las aceras están como están y luego hay que gastarse los cuartos en curarle los esguinces. Y también cobramos...
Creo que voy a dejar de dar ideas, que vista la clase política que tenemos, igual me copian alguna. Lo que quiero decir es que no me parece mala idea que se graven ciertos artículos para un mejor funcionamiento del servicio sanitario. Pero no todos los bienes deben subirse así, por las buenas.
Al fin y al cabo, lo que yo bebo o fumo destroza mi salud, con que no está mal que se cree una hucha en la que entren unos céntimos con cada paquete de rubio o cada vodka. Para cuando tenga que pagar la factura. Es más: es justo que mi aportación a la seguridad social sea mayor que la de quien se cuida y tiene, por lo tanto, menos probabilidades de hacer uso de ella.
Lo que no me parece tan justo es que se eleven lo precios de bienes y servicios necesarios, como la electricidad o los combustibles -vale que existe el transporte público, pero éste también se encarece a medida que lo hacen las gasolinas-. Y lo que me parece verdaderamente mal es que haya usuarios de primera y de segunda, o necesidades de primera y de segunda. Ejemplo: Mientras que Manolo se convierte en Jessica por necesidades psicológicas y por la cara (me parece de lujo, cuidado), mi menda ha de soltar un pastón o seguir llevando gafas de por vida. A lo mejor, por eso escribo esto: porque soy un rácano. Y un resentido.