Quiero ser distinto
Vale. Me tienen hasta donde la espalda pierde su casto nombre. Hoy, después de varias semanas, me he vuelto a poner delante de la televisión. Y van a pasar varias semanas más antes de que vuelva a encenderla. Y es que no hay derecho. Son todos iguales: ellos altos, de espesa cabellera y sin un maldito pelo a la vista de cuello para abajo. Impolutos ropajes a la última -y más cara- moda cubren unos cuerpos danone esculpidos a fuerza gimnasio, pesas y cocaína. Y lo de ellas, peor, oiga. Ni un gramo de grasa, patéticos esqueletos de lo que debería haber sido una mujer con sus curvas y todo. También al último alarido de los más exclusivos -e inasequibles- modistos. Pero lo de ellas ya lo hablaré, o, mejor, que lo haga la Rapmántica, que de eso de ser mujer sabe mucho más que yo.
El caso, que me pierdo: nos venden una serie de estereotipos superficiales, basados en una belleza lograda artificialmente, nos hacen desear unos modelitos de ochenta talegos e insisten en que, si no somos como ellos, si no nos cuidamos el cutis con la crema de Nifea for Pen o no lucimos una cabellera lavada con Pidal Sifún, jodidos estamos. Que no nos vamos a comer un rosco, vamos. Pero ni en el curro ni con una señorita medianamente pasable, de esas que reconoces al día siguiente sin decir Dios mío, qué tenían las copas de anoche. Además, es mejor no pensar, que eso desgasta las neuronas y, entre las copas y la coca, se nos mueren y perdemos la capacidad para elegir el modelito más pijo o la imprescindible labia para berrearle a otro encefalograma plano al oído lo buena que está y que si vienes mucho por aquí, anda, nena, vamos a mi casa que estaremos más tranquilos. Está bien. Casi cuela. Lástima que a mí no me la vayan a dar.
Vamos a ver ¿qué es más importante, que tus colegas de fiestuqui te den palmaditas en el hombro, ahí estamos machote, cuántos echasteis; o, tres días más tarde, encontrarte para tomar café con una mujer con la que has pasado una buena noche y poder hablar de algo, aunque no sea precisamente la hembra que todo macho envidia? Antes de contestar, querido lector, tenga en cuanta que, por muy macho que sea, dudo muchísimo de que vaya a dedicarle más de tres horas diarias al saludable ejercicio del sexo (actores porno aparte) y que le van a sobrar 21 horas de contemplación. Que está muy bien eso de quedarse absorto ante la belleza, pero 21 horas al día es un tanto exagerado. ¿No?
Claro que yo estoy hablando de una mujer de la que enamorarse, no de polvetes de discoteca. Creo que hay matices... Ahora que lo pienso, esos matices tampoco están tan claros en los programas de la televisión. A lo mejor porque la televisión es reflejo de la sociedad, y no al revés. Se me agranda la úlcera: tampoco está de moda enamorarse. La verdad es que me estoy dando cuenta de que casi nada de lo que hago, digo, pienso o siento está de moda. Ya no vende enamorarse del mundo, amar a todas las mujeres (menos mal, me arruinaría en San Valentín), ya no se ve gente dedicada a pensar ante un atardecer. Ni siquiera contemplar ese mismo ocaso por el puro placer de disfrutar de una belleza que no viene en los libros de rutas. Tampoco es muy rentable hablar con el corazón, ni querer conocer a tu interlocutor sólo escuchándolo y dándole a entender que lo haces. Hace años que no veo llorar a un hombre, y hace aún más años que nadie, junto mí, suelta un par de lágrimas ante una canción sólo por el hecho de que le recuerda a su primer amor... Creo que me estoy haciendo viejo.
Pero ¿Saben qué? Que no pienso cambiar, que aunque me toque llevar la vida sexual de la gata del Vaticano, aunque no vaya a progresar en el curro, aunque me sacudan, una tras otra, todas las bofetadas que en este planeta puede llevarse un ser humano, no cambio. Que no. Que se adapte el mundo a mí, coño, que yo, con ir limpio, no necesito que mis pantalones cuesten más que la diadema de Isabel II; que con decir la verdad no tengo por qué vender moto alguna; y que, con apreciar la belleza y enamorarme en silencio, no preciso que mujer alguna me dispense favores físicos más allá de una sonrisa y, de cuando en cuando, un abrazo.
Creo que, como todo ser humano, tengo derecho a ser distinto, a vestir a mi modo, hablar en un tono vulgar o cervantino, decir tacos sin ofender y besar con el alma, ya que no con los labios a toda mujer que se cruce en mi camino.
¿Queda claro?
El caso, que me pierdo: nos venden una serie de estereotipos superficiales, basados en una belleza lograda artificialmente, nos hacen desear unos modelitos de ochenta talegos e insisten en que, si no somos como ellos, si no nos cuidamos el cutis con la crema de Nifea for Pen o no lucimos una cabellera lavada con Pidal Sifún, jodidos estamos. Que no nos vamos a comer un rosco, vamos. Pero ni en el curro ni con una señorita medianamente pasable, de esas que reconoces al día siguiente sin decir Dios mío, qué tenían las copas de anoche. Además, es mejor no pensar, que eso desgasta las neuronas y, entre las copas y la coca, se nos mueren y perdemos la capacidad para elegir el modelito más pijo o la imprescindible labia para berrearle a otro encefalograma plano al oído lo buena que está y que si vienes mucho por aquí, anda, nena, vamos a mi casa que estaremos más tranquilos. Está bien. Casi cuela. Lástima que a mí no me la vayan a dar.
Vamos a ver ¿qué es más importante, que tus colegas de fiestuqui te den palmaditas en el hombro, ahí estamos machote, cuántos echasteis; o, tres días más tarde, encontrarte para tomar café con una mujer con la que has pasado una buena noche y poder hablar de algo, aunque no sea precisamente la hembra que todo macho envidia? Antes de contestar, querido lector, tenga en cuanta que, por muy macho que sea, dudo muchísimo de que vaya a dedicarle más de tres horas diarias al saludable ejercicio del sexo (actores porno aparte) y que le van a sobrar 21 horas de contemplación. Que está muy bien eso de quedarse absorto ante la belleza, pero 21 horas al día es un tanto exagerado. ¿No?
Claro que yo estoy hablando de una mujer de la que enamorarse, no de polvetes de discoteca. Creo que hay matices... Ahora que lo pienso, esos matices tampoco están tan claros en los programas de la televisión. A lo mejor porque la televisión es reflejo de la sociedad, y no al revés. Se me agranda la úlcera: tampoco está de moda enamorarse. La verdad es que me estoy dando cuenta de que casi nada de lo que hago, digo, pienso o siento está de moda. Ya no vende enamorarse del mundo, amar a todas las mujeres (menos mal, me arruinaría en San Valentín), ya no se ve gente dedicada a pensar ante un atardecer. Ni siquiera contemplar ese mismo ocaso por el puro placer de disfrutar de una belleza que no viene en los libros de rutas. Tampoco es muy rentable hablar con el corazón, ni querer conocer a tu interlocutor sólo escuchándolo y dándole a entender que lo haces. Hace años que no veo llorar a un hombre, y hace aún más años que nadie, junto mí, suelta un par de lágrimas ante una canción sólo por el hecho de que le recuerda a su primer amor... Creo que me estoy haciendo viejo.
Pero ¿Saben qué? Que no pienso cambiar, que aunque me toque llevar la vida sexual de la gata del Vaticano, aunque no vaya a progresar en el curro, aunque me sacudan, una tras otra, todas las bofetadas que en este planeta puede llevarse un ser humano, no cambio. Que no. Que se adapte el mundo a mí, coño, que yo, con ir limpio, no necesito que mis pantalones cuesten más que la diadema de Isabel II; que con decir la verdad no tengo por qué vender moto alguna; y que, con apreciar la belleza y enamorarme en silencio, no preciso que mujer alguna me dispense favores físicos más allá de una sonrisa y, de cuando en cuando, un abrazo.
Creo que, como todo ser humano, tengo derecho a ser distinto, a vestir a mi modo, hablar en un tono vulgar o cervantino, decir tacos sin ofender y besar con el alma, ya que no con los labios a toda mujer que se cruce en mi camino.
¿Queda claro?
2 comentarios
Nafratne -
Si algún día formáis un grupo donde los corazones tengan más peso que los adornos florales, no dudéis en llamarme. Yo no desistiré en proclamar que "las cosas verdaderamente importantes de la vida" son, en definitiva, las únicas importantes. Y éstas son las que valen, se empeñe la sociedad en lo que se empeñe.
Lord Brithuss -
Tienes que saber que no estás solo en esta mierda de sociedad que creamos entre todos, que a pesar de todo, yo soy de tu cuerda, de los distintos, de los contestatarios, de los que lloran con las buenas pelis y los que no pueden dejar de reconocer que TODAS las mujeres son hermosas. Y ¿sabes una cosa? No somos solo dos, hay más, muchos más, y el día en que nos cabreemos de verdad y pongamos el grito en el cielo.....Ahhh amigo, eso será harina de otro costal. Mientras tanto seguiremos metiendo caña a todo el mundo a través de los blogs, que es el primer paso de una larga marcha.
Ave!