¿Depre o gilipollas?
Esta tarde me he estado tomando un café con el profesor de psicología. Un tipo majete el tal Andrés: gallego moreno, de mirada grande e inteligente, bien plantado y que las trae a todas loquitas. El caso es que me he quedado con las ganas de pedirle su opinión sobre algo que me preocupa. Observo que cada vez se producen más depresiones. Tema serio donde los haya, siempre y cuando no decidas reírte de tus miedos. Me habría gustado que me ofreciera, desde un punto de vista científico, la razón de este aumento. Pero no ha podido ser: en la tertulia había gente a la que no le hubiera apetecido hablar del tema. Otro día será. Entre tanto, me quedo con mi idea, que paso a exponer. Y usted, si tiene paciencia y valor, a leer. Y si no, seguro que le gusta más el artículo sobre el Club Deportivo Villasoplanabos que un exfutbolista guiri ha escrito en el diario deportivo. Con que, hala, a mamarla.
He leído en algún lado que la depresión es la enfermedad de la comodidad. Y debe de ser cierto, porque, cuando estás ocupado buscando comida antes de que te ataque alguna alimaña, o cuando te dedicas a esquivar tiros, no tienes tiempo para deprimirte. Ni ganas. Aunque esa alimaña (me vale el apelativo para ambos casos) se haya cargado a tu perrito. El problema viene cuando las alimañas no existen, duermes caliente -en el sentido que sea- y la comida sólo se te puede escapar volando si no sabes trinchar el pavo. Entonces quieres más. Y si hay dinero, lo tienes, si no, alium et aqua, Caesar dixit. Y esa aspiración extra genera frustración. Claro que las frustraciones continuas no tienen por qué deprimirte. No tienen por qué. Pero lo hacen.
La base puede estar en una anécdota que me contó mi Comandanta Favorita hace tiempo: estaba ella, de muy niña, encaprichada con un juguete. El berrinche ante su progenitor -mi comandante favorito- fue mayúsculo. Pero, si algo tienen en común padre e hija, es la testarudez de los mandos castrenses. Tal vez por eso, el comandante Vergara, un tipo digno de conocerse, en el mejor sentido de la palabra, pronunció la frase que, años más tarde, ella me reprodujo: "La vida es una continua frustración".
A ver, a ver, que no me he convertido al budismo ni nada de eso. No niego las bondades de la ambición sana. Pero sana, ojo. Cada uno tiene unos talentos (pecuniarios y de los otros) y es cada uno quien debe administrarlos para hacerlos crecer. Y que a quien Dios se la dé San Pedro de la bendiga, vamos. Lo que ocurre es que no somos conscientes de lo poco que se necesita para ser feliz -remito al lector a una de las más bonitas canciones de Joaquín Sabina: "Para dormir a pierna suelta, le basta con tener para vino, pan y tabaco", que decía la Balada de Tolito-. El problema se agrava cuando confundimos dinero con felicidad, que, aunque se parezcan, no siempre son lo mismo.
Como ya voy más allá de las 33 líneas y de los 33 no pasó ni Cristo, voy a concluir, que en nada soy superior al Mesías: ahora lo fácil es echarle la culpa a la sociedad, decir que nos inunda de anuncios, de ventanas a una vida de lujos y lujurias inalcanzables. Lo fácil es echar balones fuera, usando un término que mi colega de tecleo, el tuercebotas guiri que escribe en la prensa deportiva. Lo fácil y lo cobarde. Examinémonos un rato. ¿De verdad voy a ser más feliz si llevo los vaqueros del tal Pepe Pardo, las zapatillas de Naiqui-enselasponga-, el perfume de Adolfo Chorícez y la gomina del alcalde de León? Para mí, eso, más que felices, nos hace gilipollas. Claro que a lo mejor, el tipo que decidió agarrar el diario futbolero "Carca" nada más acabar el primer párrafo no está de acuerdo. Allá él y el guiri.
He leído en algún lado que la depresión es la enfermedad de la comodidad. Y debe de ser cierto, porque, cuando estás ocupado buscando comida antes de que te ataque alguna alimaña, o cuando te dedicas a esquivar tiros, no tienes tiempo para deprimirte. Ni ganas. Aunque esa alimaña (me vale el apelativo para ambos casos) se haya cargado a tu perrito. El problema viene cuando las alimañas no existen, duermes caliente -en el sentido que sea- y la comida sólo se te puede escapar volando si no sabes trinchar el pavo. Entonces quieres más. Y si hay dinero, lo tienes, si no, alium et aqua, Caesar dixit. Y esa aspiración extra genera frustración. Claro que las frustraciones continuas no tienen por qué deprimirte. No tienen por qué. Pero lo hacen.
La base puede estar en una anécdota que me contó mi Comandanta Favorita hace tiempo: estaba ella, de muy niña, encaprichada con un juguete. El berrinche ante su progenitor -mi comandante favorito- fue mayúsculo. Pero, si algo tienen en común padre e hija, es la testarudez de los mandos castrenses. Tal vez por eso, el comandante Vergara, un tipo digno de conocerse, en el mejor sentido de la palabra, pronunció la frase que, años más tarde, ella me reprodujo: "La vida es una continua frustración".
A ver, a ver, que no me he convertido al budismo ni nada de eso. No niego las bondades de la ambición sana. Pero sana, ojo. Cada uno tiene unos talentos (pecuniarios y de los otros) y es cada uno quien debe administrarlos para hacerlos crecer. Y que a quien Dios se la dé San Pedro de la bendiga, vamos. Lo que ocurre es que no somos conscientes de lo poco que se necesita para ser feliz -remito al lector a una de las más bonitas canciones de Joaquín Sabina: "Para dormir a pierna suelta, le basta con tener para vino, pan y tabaco", que decía la Balada de Tolito-. El problema se agrava cuando confundimos dinero con felicidad, que, aunque se parezcan, no siempre son lo mismo.
Como ya voy más allá de las 33 líneas y de los 33 no pasó ni Cristo, voy a concluir, que en nada soy superior al Mesías: ahora lo fácil es echarle la culpa a la sociedad, decir que nos inunda de anuncios, de ventanas a una vida de lujos y lujurias inalcanzables. Lo fácil es echar balones fuera, usando un término que mi colega de tecleo, el tuercebotas guiri que escribe en la prensa deportiva. Lo fácil y lo cobarde. Examinémonos un rato. ¿De verdad voy a ser más feliz si llevo los vaqueros del tal Pepe Pardo, las zapatillas de Naiqui-enselasponga-, el perfume de Adolfo Chorícez y la gomina del alcalde de León? Para mí, eso, más que felices, nos hace gilipollas. Claro que a lo mejor, el tipo que decidió agarrar el diario futbolero "Carca" nada más acabar el primer párrafo no está de acuerdo. Allá él y el guiri.
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